sábado, junio 02, 2012


M30OPI

1. La "Vaca Sagrada" 

Uno de los seres humanos más hábiles en el arte del engaño ha sido la beata Agnes Gonxha Bojaxhiu, conocida gracias al marketing internacional como “Madre Teresa de Calcuta”. El que millones de dólares (algunos testimonios hablan de billones) se hayan reunido con el pretexto de ayudar a enfermos y leprosos sin que se construyera un puto hospital decente debería servir de indicio de la mezquindad de tal personaje. Su gran beneficio era "dar una muerte cristiana", ¡te lo cambio por un doctor de verdad!
De todos modos, el mayor daño que esta persona ha causado a la humanidad ha sido contra el rol de la mujer en el mundo. Sus campañas contra el divorcio en Irlanda, su apoyo a dictadores oscurantistas (como los Duvalier de Haití) y su apego a las formas más machistas de las religiones son un lastre que la identidad femenina tardará décadas en superar.
Por favor, no dejen de informarse leyendo lo que el indomable escritor Christopher Hitchens ha escrito acerca de Teresa de Calcuta, ni se pierdan su imperdible documental  "Hell's Angel".



M30OPI


Queridos amigos,
Uno de los elementos de mi personalidad es el respeto de las opiniones de los demás y la convivencia con quien no está de acuerdo conmigo. Con el tiempo, me he dado cuenta de que esta posición, y mi deseo de no agraviar a los que estimo, me lleva a guardarme algunos puntos de vista que no son nada populares y que seguramente a unos u otros de ustedes les causarán rechazo, desagrado o un franco deseo de sacarme los riñones a través de los orificios nasales.
Durante la próxima semana expondré Mis 30 Opiniones Políticamente Incorrectísimas (identificadas con las siglas M30OPI), algunas de ellas requieren un lenguaje definitivamente vulgar, otras son rabiosamente sexistas y no faltan las que ofenden los principios más difundidos del gusto, la etiqueta o la moralidad. Algunas de ellas simplemente son minoritarias. Política, religión, gustos culinarios, relaciones sentimentales, en todos esos campos desarrollamos credos con los cuales nos identificamos hasta el tuétano y nos resulta imposible entender cómo los demás no los comparten sin que medien la idiocia, la mezquindad o alguna conspiración de la CIA. Con el tiempo, acabamos fingiendo que nuestros seres próximos más o menos comparten esos credos y una parte de mí ha decidido refutar esa ficción y aprovechar este blog para externar los gustos y sentires que menos podrían cuadrar con los de otros, pero que también forman parte de mi identidad.
Es muy probable que alguno de ustedes secretamente comparta conmigo esas OPI, y existe la posibilidad de que alguno se atreva a expresar en los comentarios (o al menos dé “me gusta”) su aprobación. Sin embargo, no me extrañará recibir una andanada de comentarios de rechazo o de franco desprecio. Por mi parte, algunas veces responderé con la sana intención de mantener una discusión inteligente y fundada; no obstante, también es probable que en el contexto del tema, y del comentario, el buen gusto resulte una extravagancia prescindible
Sin duda, éste es un ejercicio de exhibicionismo; pero en mi defensa sólo quiero señalar que en este país (como en muchos), halagar babosamente al interlocutor es un rito obligatorio del que quisiera prescindir aunque sea en este modesto espacio. Es más, a mí me encanta agradar a la gente, una afición que no me hace sentir del todo orgulloso conmigo mismo. No estoy muy seguro de que, tras esta exposición, todas mis amistades sobrevivan; aun así confío en que mi familia me tolere y que mi matrimonio perdure. Eso sí, seguro, no ganaré nuevos amigos; en el mejor de los casos aspiro a que algunos de ustedes esbocen una sonrisa culpable y por un segundo experimenten una inconfesable simpatía.
Con cariño,
Ricardo 

martes, mayo 29, 2007

La complejidad II. Tom, lo muy complejo y lo sensato

En la entrega anterior (de hace casi dos años) propuse nuestra percepción del universo como una secuencia de muestras parciales. Una posibilidad que se derivaba de esta visión es que lo que consideremos como “la realidad” sólo sea un juicio erróneo basado en una muestra poco representativa. En esta segunda parte (de cuatro, por cierto), expongo el comportamiento como una revaloración constante de la parte del universo que nos resulta suficiente como muestra.

I

Uno de los principios más importantes del comportamiento de cualquier especie animal es sobreestimar los estímulos negativos. Como ejemplo, imaginemos a un pez, que podemos llamar Tom y que podemos identificar dentro de tantas especies a la vez curiosas y huidizas que habitan los arrecifes. Para este ejemplo, quiero que sólo consideremos dos factores de la vida de Tom: de un lado, la comida; del otro, la supervivencia (¡estamos renunciando a considerar el sexo!). Queda claro que un pez comestible más pequeño que Tom —un arenque, por ejemplo— queda del lado de las llamadas a alimentarse, de los impulsos positivos, digamos y que un predador de mayor tamaño —una barracuda, por decir algo— tendrá que considerarse en la categoría de aquello que llevará a Tom a huir, la de los impulsos negativos. La vida de Tom se parece a la nuestra en que constantemente transcurre entre los impulsos de los dos símbolos: oportunidades y riesgos.

Sin embargo, para que Tom sobreviva, no puede considerar con el mismo valor los impulsos de las dos categorías. Ejemplo:

1. Tom tiene ante sí los restos de un pescado cayendo lentamente hacia el fondo marino, tiene un 50% de posibilidades de nadar hasta ellos y pegarles un buen bocado antes de que queden fuera de su alcance.

2. En el camino de Tom hay un enorme mero saludable y alerta, de esos que tienen una boca más grande que la cabeza de un yucateco y que se alimentan absorviendo a peces descuidados y confiados. Si sigue su camino, Tom tiene un 50% de posibilidades de escapar del mero.

El marco de las decisiones de Tom es la conservación de la energía, un factor que a veces es estímulo positivo y a veces negativo. Es positivo porque el instinto de Tom lo llevará a tomar las decisiones que economicen esfuerzos; es negativo porque inhibe los consumos innecesarios de energía. Podemos decir que la decisión de esforzarse por el trozo de alimento a la deriva es una ecuación entre la energía que consume esta aventura y la energía que reporta al sistema este bocado (demos por sentado que se trata de un buen bocado).

Si Tom fracasa en su intento por alimentarse, siempre tendrá la opción de esperar una nueva oportunidad de alimentarse, quizás otra vez con un 50% de posibilidades de éxito. Pero si Tom se empeña en seguir su camino, la opción de fracasar no es tan generosa como para ofrecer una segunda oportunidad: una vez cazado por la barracuda, Tom no tendrá oportunidad de volver a tomar una decisión.

II

Por fortuna para Tom, la evolución ha dotado a mayoría de las especies animales con un instinto que sobrevalora los riesgos por encima de las oportunidades. ¿Qué tal si el riesgo con el barracuda sólo fuera el de quedar lesionado o mutilado? Para Tom esta opción sigue siendo indeseable, pues los peces heridos tienen posibilidades menores de sobrevivir. Si lo pensamos bien, tal vez ni siquiera una posibilidad de supervivencia del 20% vale la pena para correr un riesgo, en cambio, cazar una de cada cinco presas no es un mal récord para cualquier predador. Esta sobrevaloración de los peligros es un rasgo que caracteriza a las especies animales, desde los invertebrados hasta los humanos modernos.

David Kahneman, un psicólogo que ganó el “Nobel de economía”, describió un par de experimentos que prueban esta tendencia en los seres humanos. Él explica que las personas tenemos una tendencia irracional a evitar la pérdida, que tomamos decisiones poco sensatas movidos por el instinto que nos hace sobrevalorar el peligro.

Experimento 1

a) Te ofrecen un trabajo. El trabajo dura una hora y te pagan 500 euros por hacerlo. Sin embargo, hacer ese trabajo lleva un riesgo del 1 % de reducir tu expectativa de vida en un 10%. ¿Lo harías? ¿Te parece justo el salario? ¿Cuánto pedirías? ¿Y si el riesgo fuera de reducir tu expectativa de vida en 1%?

b) Te venden una pastilla. Esta pastilla cuesta 500 euros y al tomarla tienes el 1% de posibilidades de alargar tu vida un 10%. ¿La comprarías? ¿Qué opinas del precio?

Las respuestas a ambas preguntas generalmente tienden a pedir un salario más alto para a), en promedio 6.500 euros, y a considerar que comprarían la pastilla si ésta costara 11 euros. Supongamos que la expectativa de vida sea de 80 años: ¿Por qué la posibilidad de un año extra de vida es valorado en 14 céntimos y la de un año menos en 812 euros?

Experimento 2

Estás obligado a escoger una de las dos opciones siguientes:

Opción A: Tienes un 100% de probabilidades de perder 875 euros.

Opción B: Tienes 90% de perder 1.000 euros y 10% de no perder nada.

¿Cuál eliges?

Esta vez los resultados mostraron una fuerte preferencia por la opción B, las personas creemos que el sobreprecio de 125 euros bien vale la muy lejana probabilidad de no perder nada. ¿Por qué parece tan poco atractivo el escenario en que no hay “luz al final del túnel”? En el caso del primer experimento, ¿por qué vale más el riesgo sobre un año restado que sobre uno sumado?

III

Otra vez el universo de las probabilidades. ¿Recuerdan la reflexión acerca de la “percepción del universo”? En efecto, con las peripecias de Tom y los divertidos experimentos de Kahneman hemos comprobado que nuestra percepción del mundo no es racional… ¡afortunadamente! En el entorno de nuestras elecciones, tendemos a privilegiar aquellas que nos alejan de los riesgos… Perdón, ¿dije “de nuestras elecciones”? Debí decir “de nuestras percepciones”: antes siquiera de que empecemos a tomar una decisión, nuestro cerebro ya pasa las situaciones que comportan un riesgo con mayor vigor que las otras. Sobra decir que en nuestra percepción del universo, las situaciones concretas que pueden entrañar algún riesgo, reciben una prioridad especial. Este mecanismo es una defensa que la evolución nos ha legado; para alejarnos de los riesgos, nos aparta de ciertas decisiones, aunque éstas sean racionales.

Uno de los marcos favoritos para exponer el análisis de Kahneman es la posición del electorado estadounidense ante la presencia de su ejército en Irak. La mayoría de los análisis serios de la situación dan nulas posibilidades a la expedición de éxito, por lo que cada día que transcurre el gobierno de Bush invierte recursos en una operación inviable. A los ojos del elector, es posible que este escenario no sea tan claro, pero tampoco le resulta difícil percibir lo improbable que es el “éxito” de la aventura en el desierto. Al mismo tiempo, su gobierno no cesa de prometer un “regreso triunfal”, lo cual no significa que estas promesas tengan toda la credibilidad, pero sí que es posible crear un panorama con estas dos opciones:

1. Una aceptación realista de una pérdida total que exige sacar al ejército de Irak.

2. Una apuesta a que “algo” podría cambiar y que “tal vez” si se persevera por más tiempo, las promesas poco creíbles lleguen a materializarse.

Sí, también esto se parece mucho a la actitud del electorado mexicano ante sus políticos. En las elecciones con frecuencia se presentan personajes con muy poca credibilidad, pero que frecuentemente nos recuerdan los riesgos que más nos preocupan con sus palabras: “violencia”, “seguridad”, “desempleo” o “mano dura”. Sabemos que existen pocas posibilidades de que cumplan con lo que ofrecen, pero esa pequeña esperanza es como un niño consentido entre la multitud de factores que se mezclan en nuestras decisiones.

IV

En la vida real, las decisiones de Tom serán más difíciles y sus cálculos de probabilidades serán tan complejos que tendrá que "confiar en su instinto": quizás tenga que elegir entre dos posibilidades para alimentarse, aventurarse ante un riesgo muy lejano, percibir riesgos que aparentemente no existen o considerar la opción de pelear. Como ya dije antes, todavía estamos considerando un entorno sin decisiones relacionadas con el sexo y la reproducción, ¡para muchas especies la oportunidad de aportar genes a la siguiente generación es preferible a la muerte segura!

En ese entorno complejo, a Tom siempre le resultará útil ese sensato principio del comportamiento animal: dar mayor importancia a los riesgos. Creo que a Tom no le sirve de mucho unirse a nosotros a nuestra contemplación de la complejidad del cosmos.

Es muy probable que no podamos apreciar el universo en su plenitud. Quizás ni siquiera nuestras vidas en entornos tan cercanos como nuestros cuerpos o nuestras familias. Reflexionamos a partir de una muestra muy reducida de lo que nos rodea y esta muestra pocas veces está tomada de manera imparcial. Sin embargo, por fortuna también podemos ser conscientes de esos trucos que nos juega la sensatez de nuestro propio cerebro y pensar “por encima” de nuestras propias defensas, y ver más allá.

jueves, mayo 12, 2005

Un mes de recuentos

Frida y yo regresaremos a México el 12 de junio. Los próximos días rondará mi cabeza lo que dejé sin hacer en Barcelona, lo que queda pendiente y lo que ya no podré completar.

Antes de venir, en México me parecía absurdo intentar adelantarme a lo que viviría aquí. Sentía un vacío tan grande acerca de lo que me esperaba, que cualquier premisa para anticipar situaciones era difusa. Es muy probable que las dificultades económicas que pasamos se deban en mucho a estas indecisiones; de cualquier modo, creo que poco podríamos hacer para actuar con eficacia.

Ahora que regreso a México debo anticiparme y tomar un plan de acción. Conozco lo que me espera y tengo algunas pistas. Pero la distancia me impone una sensación de irrealidad.

lunes, abril 04, 2005

La complejidad I. La materia no existe

Éste es un tema que me apasiona. Desgraciadamente, la desmesura de mi ignorancia se refleja en dos formas: uno, creo que conozco mucho acerca del tema; dos, no encuentro la manera sencilla y amena de comunicarlo con mis conocidos.

Antes que nada, veo la complejidad como una interpretación del universo, como un enfoque; es decir, es algo lo suficientemente abstracto para ser mortalmente aburrido. En estas entregas intentaré hacer una sucesión de aproximaciones que resultarían apasionantes de leer si todos mis deseos se hicieran realidad. Luego plantearé algunos lineamientos básicos, y finalmente los usaré para explicar algunos de los temas que más me atraen.

La complejidad es el ambiente de los ambientes

Si ves un objeto y lo puedes tocar, no te cabe duda de que existe.

Lo primero para entender algo es aislarlo. Es decir, resulta más fácil entender las cosas fuera de su ambiente. Esta operación es muy sencilla y permite sacar conclusiones generales a partir de observaciones particulares: tocar con la punta del pie el agua y decidir si la temperatura de toda la piscina es agradable para nadar.

Entre otras cosas, esta habilidad sirve para no volverse locos; si encuentras una silla con el respaldo gastado, no vas a probar exhaustivamente su solidez antes de sentarte. La capacidad de análisis es tan útil y eficiente que puede confundirse con el sentido común; su margen de error es suficientemente reducido en la vida práctica que sólo excepcionalmente lo revisamos. Es más, decidimos que en ciertas circunstancias esta herramienta no es aplicable, por ejemplo en la salud personal o en los deportes-espectáculo. El que hoy goce de buena salud y no me exponga al frío o a un contagio no es garantía de mantenerme sano mañana; así como el Real Madrid no aseguró ningún trofeo al adquirir a los jugadores más cotizados del orbe.

Sin embargo, en esos universos aparentemente impredecibles también hay un margen de certidumbre. Es muy difícil que un paciente sufra un colapso durante los minutos que siguen a la revisión satisfactoria de su médico, como es muy improbable que un equipo se recupere de un 4-1 en los últimos dos minutos de un partido. Ocurre que esos universos también tienen un grado de certidumbre, pero es más limitado.


En el ejemplo de la piscina, por ejemplo, el tamaño de ésta es muy importante para conocer la validez de la prueba. Una alberca suficientemente grande para albergar corrientes, como muy exagerado ejemplo, hará muy dudoso el juicio que pueda tener nuestro pie. Para reemplazar este ejemplo tan fallido, les propongo escoger cualquier expresión del universo: la cantidad de horas que pueden utilizar Windows sin que deban reiniciar la computadora, la proporción de veces en que una moneda cae en sol o águila, el número de minutos con que varía el horario efectivo de salida de un avión, etcétera.

Cuando hayan escogido una expresión, podrán comprobar su comportamiento tiene un margen de certidumbre: dentro de ciertas magnitudes se puede tener una predicción de cierta exactitud. En 1000 lanzamientos de una moneda, la predicción de los totales se alejará poco del 50% y 50% (ponderando lo que pueda ser "poco"). En cambio, en un solo lanzamiento, seguimos sujetos a la emocionante incertidumbre de un volado.

Ahora que ya expliqué que la certidumbre y las capacidades de previsión y de análisis sólo pueden ocurrir en los estrechos márgenes de ciertas circunstancias, vale plantearse el mundo al revés. El mundo de lo imprevisible no es un conjunto de situaciones bizarras; al contrario, lo analizable es una singularidad.

La civilización y el progreso entendido según la cultura de los países de la OTAN (eufemísticamente llamada "occidental"), y de nosotros sus subordinados, consiste en colocar la mayor parte posible de nuestras vidas fuera del universo de lo impredecible. Que el tren llegue dentro del horario establecido, que el precio del petróleo no fluctúe demasiado, que cuentes contra un seguro de vida. Pero lo incierto sigue siendo el ambiente en el que nuestra cómoda burbuja se asienta, y ni el Grupo de los Ocho puede impedir que llueva en Barcelona en abril.

Además, incluso los fenómenos más regulares cuentan con pautas inciertas; después de cincuenta millones de lanzamientos de una moneda, el desgaste de los cantos (además de la salud mental del experimentador) será un factor muy importante en el conteo del resultado, por ejemplo.

La materia, si la vemos y si la tocamos, existe; pero si sólo por casualidad la podemos ver y tocar, ¿existe?

jueves, marzo 24, 2005

Pascuas

Esta palabra para mí siempre ha sido un misterio. En México tuve dos referentes importantes al respecto: la Biblia y la literatura.

Para los mexicanos resulta vital hablar de la Semana Santa, es uno de los acontecimientos más importantes en nuestro calendario, si bien uno difícil de calcular: el primer fin de semana que sigue a la primera luna llena después del equinoccio de primavera, ¡uff!

En cambio, la Pascua es algo distante, que se menciona mucho en las novelas de Pérez Galdos, y aún en las de John Steinbeck, incluso en alguna de Robert Louis Stevenson. Con ingenuidad lo busqué en la Biblia y mi primera impresión era que la Pascua conmemora la salida de Moisés de Egipto. Luego me sentí decepcionado, pues el texto del Éxodo plantea que la marcha del pueblo de Israel "ocurrío en tiempos de Pascua", es decir ¡Moisés ya sabía que eran Pascuas".

El refugio a mi ignorancia me lo ofrece Mircea Eliade. Después de todo, el significado de la primera luna llena tras un equinoccio puede provenir de la agricultura; ya sea por motivos prácticos o convencionales. ¡Cualquiera de los dos es un origen cultural!

Hoy por hoy, todavía me siento un idiota deseando "felices pascuas", aunque me alivia (y aún me compensa con creces) la sonrisa sincera de la gente de aquí cuando lo agradece.

lunes, marzo 14, 2005

De Frida acerca de mi boca

Ten cuidado con tu "boquita". Un día te va devorar.

miércoles, marzo 09, 2005

El carrer de Trinxant

Esta es mi calle aquí en Barcelona. Trinxant comienza torcida, en el lado este de la Avinguda Meridiana, con una tienda de vinos muy bien surtida y de buenos precios, un café desangelado y un callejón en el que antes vivían unos okupas que tocaban la flauta.

El extremo oriente, la parte "de abajo", comprende menos de cinco edificios por lado. El resultado es que al otro lado de la Meridiana no parece continuar esta calle de nombre tan sonoro. Menos porque en la acera oriental de la avenida en cada esquina hay sendas sucursales de las caixas ("La Caixa" y "Caixa Catalunya"), mientras que del lado poniente hay un bloque impresentable de antiguos galerones obreros de principios del siglo xx, de adobe, tabique gris y láminas de cinc. Ahí, con un serpenteo que inhibe a más de un automovilista, Trinxant sube por la región de Camp de l'Arpa, atravesándola hasta desembocar al Paseig Maragall.

La parte alta de la calle es más animada, en los alrededores de su cruce con Indùstria. De sus comercios el que más me gusta es la tienda de un paquistaní, atendido generalmente por un chino. La fruta y la verdura son buenas y bastante más económicas que en otras verdulerías; por supuesto, el Caprabo de al lado está lejos de hacerle competencia. (Por cierto, Frida me comentó hace poco que Caprabo es propiedad de Carrefour). Sin embargo el principal atractivo de este local es cierto espíritu de bullicio, en el que se refugian por unos minutos las amas de casa durante los ventosos días del invierno tardío.

La mitad de la calle es la de los negocios en transición; a ambos lados de la calle los traspasos y los cambios de locatarios se suceden; una botiga de roba y un negocio misterioso que aún no desmonta los letreros de "Auna" flanquean una parte de Trinxant que permite a los indecisos dar un rodeo para volver a l'Eixample o enfilar hacia la Gran Vía sin exponerse a los atorones de las calles más transitadas.

Luego vienen dos grandes solares, uno frente al otro, el más pequeño ya bajo el imperio de una grúa que anticipa un edificio que amenaza erguirse sobre una superficie más bien minúscula. El otro se sitúa junto a la finca de nuestro piso y resulta sorprendente porque da al callejón de atrás, el Carrer de l'Amargor. En una ciudad tan abigarrada como ésta, y con un tejido tan profuso como el de las calles del Clot, los espacios tan abiertos pueden producir vértigo.

Frida y yo conocimos el antiguo edificio que lindaba con el nuestro. Nos han relatado que lo habitaban unos okupas afganos, y que en verano ellos acostumbraban celebrar unas fiestas ruidosas y prolongadas. Dicen que durante casi una semana se escuchaban sus cantos y sus bailes a las cinco de la madrugada; demasiado para los industriosos catalanes.

El día que tiraron el edificio fue un gran acontecimiento para la calle Trinxant. Yo no estaba en casa, pero vi cuando llegó el trascavo. No imaginé que estuviese destinado al viejo caserón, pero supuse que su misión sería el acostumbrado: demoler una finca sólo para evitar a su dueño la molestia de una ocupación. Ese día el operador de la grúa golpeó un Hyundai plateado que se estacionaba justo frente a nuestra ventana. Él, los responsables de la obra y algunos de los ayudantes se exaltarno mucho, gritaron ostias y se mesaban los cabellos cuando miraban el cuarto delantero hundido del deportivo.

Uno de ellos, que vestía corbata sobre una camisa sucia de mangas cortas y casco de construcción, dejó una nota sobre el parabrisas. La nota permaneció ahí todo el día. A la mañana siguiente, el mismo hombre inspeccionó nuevamente el auto, el golpe y su nota; luego la retiró. El auto permaneció estacionado en el carrer de l'Amargor, tuerto de fea manera, durante varias semanas.

Más adelante una señora despistada dibujó un par de líneas oscuras a todo lo largo de su costado con la defensa de su todoterreno. Daba lástima el pobre Hyundai; siempre que lo mirábamos creíamos encontrarle un nuevo desperfecto y cada vez en nuestra memoria el auto había aparecido ahí más reluciente y nuevo.

Es muy difícil encontrar estacionamiento en Barcelona, y mucha gente utiliza su auto sólo cuando va a salir de la ciudad. Si no dispone de estacionamiento (aquí se le conoce como párquing), difícilmente tendrá la fortuna de encontrar un espacio disponible frente a su casa (en caso de que aparcar en su calle sea gratuito). Por eso es común que la gente deje a un par de calles su auto por días y aún por semanas.

Una mañana de domingo vimos a un hombre de unos cuarenta años y bigote revisar cuidadosamente el golpe; no sabíamos si el gesto de su rostro denotaba pesar propio o alguna suerte de empatía. Muy probablemente el del bigote sí era el dueño, pues esa tarde, cuando nos asomamos, el Hyundai ya había desaparecido.

El siguiente protagonista de Trinxant, calle abajo, es un panda que es usado como casa habitación. Una de mis primeras mañanas en este barrio la vi, y me asombró la intensidad del color de su cabello. A pesar de la evidente suciedad, el rubio brillaba intensamente; no es demasiado claro, aunque es muy largo y rizado. Aquella vez, ella estaba de pie recargada en el auto, con un suéter blanco (ya sabeis, jersey) mirando la nubecilla de vaho producida por su respiración.

Quizás su aspecto haya sido el mismo durante los últimos meses, pero tengo la impresión de que ella ha subido mucho de peso. Recuerdo de la primera vez la expresión ausente de sus ojos azules, pero no encaja en el cuadro de mi memoria las mejillas desmesuradamente hinchadas que ahora luce.

Ella comparte el auto guinda con otros dos chicos. A ellos los identifico menos, excepto porque a veces, por las ventanillas se distingue una calva muy pronunciada. Lo que sí es inconfundible es el olor a orines que rodea al coche, sólo a veces atenuado por el aroma del solvente que inhalan. Creo que antes pasaban menos tiempo a bordo, tal vez el frío los ha obligado a refugiarse allí. Pero con mayor frecuencia afuera del auto la veo a ella; el mismo suéter sucio, con la mano sostiene junto a su boca un calcetín negro. Sus cabellos rubios caen desordenados y sus ojos azules miran con insistencia y tratan de descifrar algo que nunca alcanzará a comprender.

Por cierto, todavía no he visto a algún inhalante que no use un calcetín negro.

Poco más abajo hay una botiga. A diferencia del local del paqui, ésta es esencialmente triste. Al parecer, por los estantes de madera pintados de blanco, largos y ajados y por los cristales sucios, el establecimiento es antiguo. El dueño y su esposa atienden personalmente, tienen un surtido de vinos considerable, aunque indefenso ante el depósito del extremo bajo de Trinxant; y saludan en catalán y con una sonrisa a todos los visitantes. Hay algo en ellos que no es del todo catalán, a pesar de su diligencia al atender y al disponer las cajas de verduras en la acera. ¿Será un español avecindado en Cataluña? ¿Un charnego?

Algo en ellos habla de sus esfuerzos por adaptarse a Barcelona en otros tiempos, del rencor hacia los clientes que rápidamente han optado por práctico supermercado Caprabo o por las alegres verduras del paqui. En una caja se lee "ansiam", tal como pronuncian los barceloneses la palabra catalana para lechuga, enciam.

De este local a la Meridiana hay menos de cuarenta metros. El único negocio en este tramo es una peluquería, cuyo peluquero anda cerca de los treinta. Él es muy bajo de estatura, con un tronco formado en gimnasio, a pesar de una barriguita incipiente pero notoria. Suele vestir unos pantalones rojos, y a veces lo vienen a visitar en un Fiat del mismo color. En esas ocasiones sale disparado de su local, con las palmas de las manos manteniendo planos horizontales imaginarios e impolutos; ahí, en plena calle, conversa a gritos, con risas estridentes y exageradas. Sus ojos son redondos y grandes, en esos momentos parecen soltar luces de colores.

No recuerdo haberlo visto lleno su local, tal vez haya demasiadas peluquerías en el barrio. Generalmente cuando paso por esa acera él está solo y mira una televisión pequeña, mientras su rostro emite un aburrimiento digno de una piedra.

Si no fuera por los edificios al fondo y por las inevitables grúas de construcción, uno pensaría que las fincas frente a la peluquería pertenecen a un entorno rural. Pequeñas, de dos pisos. Algunas todavía con portones de madera de dos hojas, todas con herrería barata y balcones. Resulta sorprendente que a cierta hora de la tarde salen casi al mismo tiempo docenas de sus habitantes, cada uno con una conversación en un teléfono móvil. Más inesperado es pasar, rumbo a la Meridiana, casi a punto de regresar a la "Barcelona estándar" y sentirse inundado por susvoces que a todo volumen parlotean en chino.