jueves, marzo 24, 2005

Pascuas

Esta palabra para mí siempre ha sido un misterio. En México tuve dos referentes importantes al respecto: la Biblia y la literatura.

Para los mexicanos resulta vital hablar de la Semana Santa, es uno de los acontecimientos más importantes en nuestro calendario, si bien uno difícil de calcular: el primer fin de semana que sigue a la primera luna llena después del equinoccio de primavera, ¡uff!

En cambio, la Pascua es algo distante, que se menciona mucho en las novelas de Pérez Galdos, y aún en las de John Steinbeck, incluso en alguna de Robert Louis Stevenson. Con ingenuidad lo busqué en la Biblia y mi primera impresión era que la Pascua conmemora la salida de Moisés de Egipto. Luego me sentí decepcionado, pues el texto del Éxodo plantea que la marcha del pueblo de Israel "ocurrío en tiempos de Pascua", es decir ¡Moisés ya sabía que eran Pascuas".

El refugio a mi ignorancia me lo ofrece Mircea Eliade. Después de todo, el significado de la primera luna llena tras un equinoccio puede provenir de la agricultura; ya sea por motivos prácticos o convencionales. ¡Cualquiera de los dos es un origen cultural!

Hoy por hoy, todavía me siento un idiota deseando "felices pascuas", aunque me alivia (y aún me compensa con creces) la sonrisa sincera de la gente de aquí cuando lo agradece.

lunes, marzo 14, 2005

De Frida acerca de mi boca

Ten cuidado con tu "boquita". Un día te va devorar.

miércoles, marzo 09, 2005

El carrer de Trinxant

Esta es mi calle aquí en Barcelona. Trinxant comienza torcida, en el lado este de la Avinguda Meridiana, con una tienda de vinos muy bien surtida y de buenos precios, un café desangelado y un callejón en el que antes vivían unos okupas que tocaban la flauta.

El extremo oriente, la parte "de abajo", comprende menos de cinco edificios por lado. El resultado es que al otro lado de la Meridiana no parece continuar esta calle de nombre tan sonoro. Menos porque en la acera oriental de la avenida en cada esquina hay sendas sucursales de las caixas ("La Caixa" y "Caixa Catalunya"), mientras que del lado poniente hay un bloque impresentable de antiguos galerones obreros de principios del siglo xx, de adobe, tabique gris y láminas de cinc. Ahí, con un serpenteo que inhibe a más de un automovilista, Trinxant sube por la región de Camp de l'Arpa, atravesándola hasta desembocar al Paseig Maragall.

La parte alta de la calle es más animada, en los alrededores de su cruce con Indùstria. De sus comercios el que más me gusta es la tienda de un paquistaní, atendido generalmente por un chino. La fruta y la verdura son buenas y bastante más económicas que en otras verdulerías; por supuesto, el Caprabo de al lado está lejos de hacerle competencia. (Por cierto, Frida me comentó hace poco que Caprabo es propiedad de Carrefour). Sin embargo el principal atractivo de este local es cierto espíritu de bullicio, en el que se refugian por unos minutos las amas de casa durante los ventosos días del invierno tardío.

La mitad de la calle es la de los negocios en transición; a ambos lados de la calle los traspasos y los cambios de locatarios se suceden; una botiga de roba y un negocio misterioso que aún no desmonta los letreros de "Auna" flanquean una parte de Trinxant que permite a los indecisos dar un rodeo para volver a l'Eixample o enfilar hacia la Gran Vía sin exponerse a los atorones de las calles más transitadas.

Luego vienen dos grandes solares, uno frente al otro, el más pequeño ya bajo el imperio de una grúa que anticipa un edificio que amenaza erguirse sobre una superficie más bien minúscula. El otro se sitúa junto a la finca de nuestro piso y resulta sorprendente porque da al callejón de atrás, el Carrer de l'Amargor. En una ciudad tan abigarrada como ésta, y con un tejido tan profuso como el de las calles del Clot, los espacios tan abiertos pueden producir vértigo.

Frida y yo conocimos el antiguo edificio que lindaba con el nuestro. Nos han relatado que lo habitaban unos okupas afganos, y que en verano ellos acostumbraban celebrar unas fiestas ruidosas y prolongadas. Dicen que durante casi una semana se escuchaban sus cantos y sus bailes a las cinco de la madrugada; demasiado para los industriosos catalanes.

El día que tiraron el edificio fue un gran acontecimiento para la calle Trinxant. Yo no estaba en casa, pero vi cuando llegó el trascavo. No imaginé que estuviese destinado al viejo caserón, pero supuse que su misión sería el acostumbrado: demoler una finca sólo para evitar a su dueño la molestia de una ocupación. Ese día el operador de la grúa golpeó un Hyundai plateado que se estacionaba justo frente a nuestra ventana. Él, los responsables de la obra y algunos de los ayudantes se exaltarno mucho, gritaron ostias y se mesaban los cabellos cuando miraban el cuarto delantero hundido del deportivo.

Uno de ellos, que vestía corbata sobre una camisa sucia de mangas cortas y casco de construcción, dejó una nota sobre el parabrisas. La nota permaneció ahí todo el día. A la mañana siguiente, el mismo hombre inspeccionó nuevamente el auto, el golpe y su nota; luego la retiró. El auto permaneció estacionado en el carrer de l'Amargor, tuerto de fea manera, durante varias semanas.

Más adelante una señora despistada dibujó un par de líneas oscuras a todo lo largo de su costado con la defensa de su todoterreno. Daba lástima el pobre Hyundai; siempre que lo mirábamos creíamos encontrarle un nuevo desperfecto y cada vez en nuestra memoria el auto había aparecido ahí más reluciente y nuevo.

Es muy difícil encontrar estacionamiento en Barcelona, y mucha gente utiliza su auto sólo cuando va a salir de la ciudad. Si no dispone de estacionamiento (aquí se le conoce como párquing), difícilmente tendrá la fortuna de encontrar un espacio disponible frente a su casa (en caso de que aparcar en su calle sea gratuito). Por eso es común que la gente deje a un par de calles su auto por días y aún por semanas.

Una mañana de domingo vimos a un hombre de unos cuarenta años y bigote revisar cuidadosamente el golpe; no sabíamos si el gesto de su rostro denotaba pesar propio o alguna suerte de empatía. Muy probablemente el del bigote sí era el dueño, pues esa tarde, cuando nos asomamos, el Hyundai ya había desaparecido.

El siguiente protagonista de Trinxant, calle abajo, es un panda que es usado como casa habitación. Una de mis primeras mañanas en este barrio la vi, y me asombró la intensidad del color de su cabello. A pesar de la evidente suciedad, el rubio brillaba intensamente; no es demasiado claro, aunque es muy largo y rizado. Aquella vez, ella estaba de pie recargada en el auto, con un suéter blanco (ya sabeis, jersey) mirando la nubecilla de vaho producida por su respiración.

Quizás su aspecto haya sido el mismo durante los últimos meses, pero tengo la impresión de que ella ha subido mucho de peso. Recuerdo de la primera vez la expresión ausente de sus ojos azules, pero no encaja en el cuadro de mi memoria las mejillas desmesuradamente hinchadas que ahora luce.

Ella comparte el auto guinda con otros dos chicos. A ellos los identifico menos, excepto porque a veces, por las ventanillas se distingue una calva muy pronunciada. Lo que sí es inconfundible es el olor a orines que rodea al coche, sólo a veces atenuado por el aroma del solvente que inhalan. Creo que antes pasaban menos tiempo a bordo, tal vez el frío los ha obligado a refugiarse allí. Pero con mayor frecuencia afuera del auto la veo a ella; el mismo suéter sucio, con la mano sostiene junto a su boca un calcetín negro. Sus cabellos rubios caen desordenados y sus ojos azules miran con insistencia y tratan de descifrar algo que nunca alcanzará a comprender.

Por cierto, todavía no he visto a algún inhalante que no use un calcetín negro.

Poco más abajo hay una botiga. A diferencia del local del paqui, ésta es esencialmente triste. Al parecer, por los estantes de madera pintados de blanco, largos y ajados y por los cristales sucios, el establecimiento es antiguo. El dueño y su esposa atienden personalmente, tienen un surtido de vinos considerable, aunque indefenso ante el depósito del extremo bajo de Trinxant; y saludan en catalán y con una sonrisa a todos los visitantes. Hay algo en ellos que no es del todo catalán, a pesar de su diligencia al atender y al disponer las cajas de verduras en la acera. ¿Será un español avecindado en Cataluña? ¿Un charnego?

Algo en ellos habla de sus esfuerzos por adaptarse a Barcelona en otros tiempos, del rencor hacia los clientes que rápidamente han optado por práctico supermercado Caprabo o por las alegres verduras del paqui. En una caja se lee "ansiam", tal como pronuncian los barceloneses la palabra catalana para lechuga, enciam.

De este local a la Meridiana hay menos de cuarenta metros. El único negocio en este tramo es una peluquería, cuyo peluquero anda cerca de los treinta. Él es muy bajo de estatura, con un tronco formado en gimnasio, a pesar de una barriguita incipiente pero notoria. Suele vestir unos pantalones rojos, y a veces lo vienen a visitar en un Fiat del mismo color. En esas ocasiones sale disparado de su local, con las palmas de las manos manteniendo planos horizontales imaginarios e impolutos; ahí, en plena calle, conversa a gritos, con risas estridentes y exageradas. Sus ojos son redondos y grandes, en esos momentos parecen soltar luces de colores.

No recuerdo haberlo visto lleno su local, tal vez haya demasiadas peluquerías en el barrio. Generalmente cuando paso por esa acera él está solo y mira una televisión pequeña, mientras su rostro emite un aburrimiento digno de una piedra.

Si no fuera por los edificios al fondo y por las inevitables grúas de construcción, uno pensaría que las fincas frente a la peluquería pertenecen a un entorno rural. Pequeñas, de dos pisos. Algunas todavía con portones de madera de dos hojas, todas con herrería barata y balcones. Resulta sorprendente que a cierta hora de la tarde salen casi al mismo tiempo docenas de sus habitantes, cada uno con una conversación en un teléfono móvil. Más inesperado es pasar, rumbo a la Meridiana, casi a punto de regresar a la "Barcelona estándar" y sentirse inundado por susvoces que a todo volumen parlotean en chino.

miércoles, marzo 02, 2005

El nuevo compañero de trabajo

Me conmovió:
-Hi ha aquí lavabos?
-Sí, allá arriba, tot d'amunt.
-¿Y puedo usarlos?

martes, marzo 01, 2005

Frida

Frida tiene un par de ojos transparentes. Cuando se acerca detrás de mí, sus pestañas me rozan la oreja; deposita su mirada sobre lo que estoy haciendo y lo hace inmenso.