Uno de los consejos más comunes, de incuestionable sabiduría, es encontrar las ventajas que puede aportar cualquier infortunio. Un transvase como el nuestro permite frecuentes oportunidades para seguirlo.
Uno de los bienes más escasos en Barcelona es el silencio. Tal vez lo sea en todo el mundo. Aquí el exceso de automóviles ha hecho florecer la industria de la motocicleta; antes de las cinco de la mañana ya llegan los ecos de las vespas que hormiguean por las callejas estrechas del Clot.
Tal vez por esta razón me emocionó mucho el asado que ayer celebramos con algunos compañeros de trabajo. Muy pocas reuniones pueden ser tan gratas como la de ayer. Contra algunos pronósticos el clima fue maravilloso; fresco pero con un cielo azul y un sol radiante. Además, la plática apenas y tocó los temas laborables; las diferencias regionales y nacionales -habíamos mexicanos, uruguayos, catalanes, castellanos y argentinos presentes- sirvieron de combustible para el cotilleo y las burlas, y nadie se tomó en serio su propia identidad local.
Castelldefels es una pequeña y rica ciudad que alberga a buena parte de los pisos de descanso de los barceloneses. Creía que haríamos el asado en la terraza de un ático, o incluso en el jardín de una casita. Pero en vez de dirigirnos hacia el mar, el auto de quien nos recogió en la terminal del tren se dirigió a la montaña. Nos reunimos en un bosquecillo a las afueras de Castelldefels, un parque con mesas y parrillas, además de juegos infantiles -por supuesto, un estacionamiento- y un bar. El encuentro tenía el atractivo de un asado a cargo de los compañeros argentinos y uruguayos, lo que representa buenas y abundantes carnes. Gastronómicamente fue un éxito.
Mi pequeña frustración personal provino de mi añoranza del silencio. Cuando llegamos vi las coníferas y el cielo azul; pensé en recostarme con el rostro al cielo, en el contraste entre el frío y la sensación ardiente del sol sobre mis mejillas, sin más ruido que el viento. Creí que ese espacio era indivorciable del ideal de paz y tranquilidad natural. Pero lo primero que hizo nuestra conductora tras aparcar, fue poner abrir las portezuelas de su auto un CD, de los piratas que venden los paquistaníes, a todo volumen para animar nuestra reunión, en la que conversábamos de pie junto a la parrilla, bebiendo cerveza y comiendo calçots.
Más tarde supe que no fui el único que no aceptó de grado la irrupción del estéreo. Junto a nosotros, más tarde, noté a un grupo particularmente ataviados, a medio camino entre junkies y alumnos del CUT de Ciudad Universitaria. En cuanto terminó nuestro CD paqui, ellos hicieron aparecer timbales, sonajas y panderos, eran toda una orquesta de percusión.
Luego apareció otro grupo, éste de mujeres de mayor edad. Hicieron buena química, ellas conocían todo el repertorio de Pili y Mili, amén de los grandes éxitos de la radio de tiempos de Franco. No fue difícil que los chicos dieran el ritmo adecuado, y ellas a veces resultaban verdaderamente afinadas y armoniosas.
No hubo silencio. Más de una vez pensé en las tardes de Oaxtepec, con la grabadora que a todo volumen anima a una familia multinuclear de la colonia San Simón, o como aquella de beliceños rastas que llevaban consigo su propia discoteca de merengue a las sobrias ruinas de Dzibanché. Sin embargo, fue un gran domingo.
Otro atentado contra el silencio son los materiales de construcción de Barcelona. Las paredes son una versión pintable del cartón; es difícil no escuchar lo que los vecinos hacen y dicen. Como ya dije, es deseable encontrar las ventajas menores de las desventuras mayores. Desgraciadamente algo de lo más ruidoso aquí es la cama de nuestros vecinos de arriba, conocemos la hora en que se acuestan a dormir o cuando se levantan al baño, "al aseo" dicen aquí. Los muelles de su cama rechinan generosasmente, y, desgraciadamente, una vez cada dos meses nos dan una orquesta regular de chirridos, a veces muy temprano, antes de las 6:30, cuando se levantan, y otras la noche de algún fin de semana. Por fortuna sus sesiones sexuales no son muy frecuentes, y todavía nos causa morbo escucharlos.
Hoy nos despertó en la madrugada el ruido que hace el agua corriendo por las paredes del edificio. "Raro que haya llovido durante la noche", pensé. Luego el crujido de la cama de los vecinos nos anunció que se acercaba el alba. Luego sonó la voz de ella, con una emoción que no le había conocido: "¡Está nevando! ¡Está nevando!". Hace años que no nevaba en Barcelona, y nosotros nunca antes habíamos visto nevar.
lunes, febrero 28, 2005
martes, febrero 08, 2005
Suscribirse a:
Entradas (Atom)