jueves, mayo 12, 2005

Un mes de recuentos

Frida y yo regresaremos a México el 12 de junio. Los próximos días rondará mi cabeza lo que dejé sin hacer en Barcelona, lo que queda pendiente y lo que ya no podré completar.

Antes de venir, en México me parecía absurdo intentar adelantarme a lo que viviría aquí. Sentía un vacío tan grande acerca de lo que me esperaba, que cualquier premisa para anticipar situaciones era difusa. Es muy probable que las dificultades económicas que pasamos se deban en mucho a estas indecisiones; de cualquier modo, creo que poco podríamos hacer para actuar con eficacia.

Ahora que regreso a México debo anticiparme y tomar un plan de acción. Conozco lo que me espera y tengo algunas pistas. Pero la distancia me impone una sensación de irrealidad.

lunes, abril 04, 2005

La complejidad I. La materia no existe

Éste es un tema que me apasiona. Desgraciadamente, la desmesura de mi ignorancia se refleja en dos formas: uno, creo que conozco mucho acerca del tema; dos, no encuentro la manera sencilla y amena de comunicarlo con mis conocidos.

Antes que nada, veo la complejidad como una interpretación del universo, como un enfoque; es decir, es algo lo suficientemente abstracto para ser mortalmente aburrido. En estas entregas intentaré hacer una sucesión de aproximaciones que resultarían apasionantes de leer si todos mis deseos se hicieran realidad. Luego plantearé algunos lineamientos básicos, y finalmente los usaré para explicar algunos de los temas que más me atraen.

La complejidad es el ambiente de los ambientes

Si ves un objeto y lo puedes tocar, no te cabe duda de que existe.

Lo primero para entender algo es aislarlo. Es decir, resulta más fácil entender las cosas fuera de su ambiente. Esta operación es muy sencilla y permite sacar conclusiones generales a partir de observaciones particulares: tocar con la punta del pie el agua y decidir si la temperatura de toda la piscina es agradable para nadar.

Entre otras cosas, esta habilidad sirve para no volverse locos; si encuentras una silla con el respaldo gastado, no vas a probar exhaustivamente su solidez antes de sentarte. La capacidad de análisis es tan útil y eficiente que puede confundirse con el sentido común; su margen de error es suficientemente reducido en la vida práctica que sólo excepcionalmente lo revisamos. Es más, decidimos que en ciertas circunstancias esta herramienta no es aplicable, por ejemplo en la salud personal o en los deportes-espectáculo. El que hoy goce de buena salud y no me exponga al frío o a un contagio no es garantía de mantenerme sano mañana; así como el Real Madrid no aseguró ningún trofeo al adquirir a los jugadores más cotizados del orbe.

Sin embargo, en esos universos aparentemente impredecibles también hay un margen de certidumbre. Es muy difícil que un paciente sufra un colapso durante los minutos que siguen a la revisión satisfactoria de su médico, como es muy improbable que un equipo se recupere de un 4-1 en los últimos dos minutos de un partido. Ocurre que esos universos también tienen un grado de certidumbre, pero es más limitado.


En el ejemplo de la piscina, por ejemplo, el tamaño de ésta es muy importante para conocer la validez de la prueba. Una alberca suficientemente grande para albergar corrientes, como muy exagerado ejemplo, hará muy dudoso el juicio que pueda tener nuestro pie. Para reemplazar este ejemplo tan fallido, les propongo escoger cualquier expresión del universo: la cantidad de horas que pueden utilizar Windows sin que deban reiniciar la computadora, la proporción de veces en que una moneda cae en sol o águila, el número de minutos con que varía el horario efectivo de salida de un avión, etcétera.

Cuando hayan escogido una expresión, podrán comprobar su comportamiento tiene un margen de certidumbre: dentro de ciertas magnitudes se puede tener una predicción de cierta exactitud. En 1000 lanzamientos de una moneda, la predicción de los totales se alejará poco del 50% y 50% (ponderando lo que pueda ser "poco"). En cambio, en un solo lanzamiento, seguimos sujetos a la emocionante incertidumbre de un volado.

Ahora que ya expliqué que la certidumbre y las capacidades de previsión y de análisis sólo pueden ocurrir en los estrechos márgenes de ciertas circunstancias, vale plantearse el mundo al revés. El mundo de lo imprevisible no es un conjunto de situaciones bizarras; al contrario, lo analizable es una singularidad.

La civilización y el progreso entendido según la cultura de los países de la OTAN (eufemísticamente llamada "occidental"), y de nosotros sus subordinados, consiste en colocar la mayor parte posible de nuestras vidas fuera del universo de lo impredecible. Que el tren llegue dentro del horario establecido, que el precio del petróleo no fluctúe demasiado, que cuentes contra un seguro de vida. Pero lo incierto sigue siendo el ambiente en el que nuestra cómoda burbuja se asienta, y ni el Grupo de los Ocho puede impedir que llueva en Barcelona en abril.

Además, incluso los fenómenos más regulares cuentan con pautas inciertas; después de cincuenta millones de lanzamientos de una moneda, el desgaste de los cantos (además de la salud mental del experimentador) será un factor muy importante en el conteo del resultado, por ejemplo.

La materia, si la vemos y si la tocamos, existe; pero si sólo por casualidad la podemos ver y tocar, ¿existe?

jueves, marzo 24, 2005

Pascuas

Esta palabra para mí siempre ha sido un misterio. En México tuve dos referentes importantes al respecto: la Biblia y la literatura.

Para los mexicanos resulta vital hablar de la Semana Santa, es uno de los acontecimientos más importantes en nuestro calendario, si bien uno difícil de calcular: el primer fin de semana que sigue a la primera luna llena después del equinoccio de primavera, ¡uff!

En cambio, la Pascua es algo distante, que se menciona mucho en las novelas de Pérez Galdos, y aún en las de John Steinbeck, incluso en alguna de Robert Louis Stevenson. Con ingenuidad lo busqué en la Biblia y mi primera impresión era que la Pascua conmemora la salida de Moisés de Egipto. Luego me sentí decepcionado, pues el texto del Éxodo plantea que la marcha del pueblo de Israel "ocurrío en tiempos de Pascua", es decir ¡Moisés ya sabía que eran Pascuas".

El refugio a mi ignorancia me lo ofrece Mircea Eliade. Después de todo, el significado de la primera luna llena tras un equinoccio puede provenir de la agricultura; ya sea por motivos prácticos o convencionales. ¡Cualquiera de los dos es un origen cultural!

Hoy por hoy, todavía me siento un idiota deseando "felices pascuas", aunque me alivia (y aún me compensa con creces) la sonrisa sincera de la gente de aquí cuando lo agradece.

lunes, marzo 14, 2005

De Frida acerca de mi boca

Ten cuidado con tu "boquita". Un día te va devorar.

miércoles, marzo 09, 2005

El carrer de Trinxant

Esta es mi calle aquí en Barcelona. Trinxant comienza torcida, en el lado este de la Avinguda Meridiana, con una tienda de vinos muy bien surtida y de buenos precios, un café desangelado y un callejón en el que antes vivían unos okupas que tocaban la flauta.

El extremo oriente, la parte "de abajo", comprende menos de cinco edificios por lado. El resultado es que al otro lado de la Meridiana no parece continuar esta calle de nombre tan sonoro. Menos porque en la acera oriental de la avenida en cada esquina hay sendas sucursales de las caixas ("La Caixa" y "Caixa Catalunya"), mientras que del lado poniente hay un bloque impresentable de antiguos galerones obreros de principios del siglo xx, de adobe, tabique gris y láminas de cinc. Ahí, con un serpenteo que inhibe a más de un automovilista, Trinxant sube por la región de Camp de l'Arpa, atravesándola hasta desembocar al Paseig Maragall.

La parte alta de la calle es más animada, en los alrededores de su cruce con Indùstria. De sus comercios el que más me gusta es la tienda de un paquistaní, atendido generalmente por un chino. La fruta y la verdura son buenas y bastante más económicas que en otras verdulerías; por supuesto, el Caprabo de al lado está lejos de hacerle competencia. (Por cierto, Frida me comentó hace poco que Caprabo es propiedad de Carrefour). Sin embargo el principal atractivo de este local es cierto espíritu de bullicio, en el que se refugian por unos minutos las amas de casa durante los ventosos días del invierno tardío.

La mitad de la calle es la de los negocios en transición; a ambos lados de la calle los traspasos y los cambios de locatarios se suceden; una botiga de roba y un negocio misterioso que aún no desmonta los letreros de "Auna" flanquean una parte de Trinxant que permite a los indecisos dar un rodeo para volver a l'Eixample o enfilar hacia la Gran Vía sin exponerse a los atorones de las calles más transitadas.

Luego vienen dos grandes solares, uno frente al otro, el más pequeño ya bajo el imperio de una grúa que anticipa un edificio que amenaza erguirse sobre una superficie más bien minúscula. El otro se sitúa junto a la finca de nuestro piso y resulta sorprendente porque da al callejón de atrás, el Carrer de l'Amargor. En una ciudad tan abigarrada como ésta, y con un tejido tan profuso como el de las calles del Clot, los espacios tan abiertos pueden producir vértigo.

Frida y yo conocimos el antiguo edificio que lindaba con el nuestro. Nos han relatado que lo habitaban unos okupas afganos, y que en verano ellos acostumbraban celebrar unas fiestas ruidosas y prolongadas. Dicen que durante casi una semana se escuchaban sus cantos y sus bailes a las cinco de la madrugada; demasiado para los industriosos catalanes.

El día que tiraron el edificio fue un gran acontecimiento para la calle Trinxant. Yo no estaba en casa, pero vi cuando llegó el trascavo. No imaginé que estuviese destinado al viejo caserón, pero supuse que su misión sería el acostumbrado: demoler una finca sólo para evitar a su dueño la molestia de una ocupación. Ese día el operador de la grúa golpeó un Hyundai plateado que se estacionaba justo frente a nuestra ventana. Él, los responsables de la obra y algunos de los ayudantes se exaltarno mucho, gritaron ostias y se mesaban los cabellos cuando miraban el cuarto delantero hundido del deportivo.

Uno de ellos, que vestía corbata sobre una camisa sucia de mangas cortas y casco de construcción, dejó una nota sobre el parabrisas. La nota permaneció ahí todo el día. A la mañana siguiente, el mismo hombre inspeccionó nuevamente el auto, el golpe y su nota; luego la retiró. El auto permaneció estacionado en el carrer de l'Amargor, tuerto de fea manera, durante varias semanas.

Más adelante una señora despistada dibujó un par de líneas oscuras a todo lo largo de su costado con la defensa de su todoterreno. Daba lástima el pobre Hyundai; siempre que lo mirábamos creíamos encontrarle un nuevo desperfecto y cada vez en nuestra memoria el auto había aparecido ahí más reluciente y nuevo.

Es muy difícil encontrar estacionamiento en Barcelona, y mucha gente utiliza su auto sólo cuando va a salir de la ciudad. Si no dispone de estacionamiento (aquí se le conoce como párquing), difícilmente tendrá la fortuna de encontrar un espacio disponible frente a su casa (en caso de que aparcar en su calle sea gratuito). Por eso es común que la gente deje a un par de calles su auto por días y aún por semanas.

Una mañana de domingo vimos a un hombre de unos cuarenta años y bigote revisar cuidadosamente el golpe; no sabíamos si el gesto de su rostro denotaba pesar propio o alguna suerte de empatía. Muy probablemente el del bigote sí era el dueño, pues esa tarde, cuando nos asomamos, el Hyundai ya había desaparecido.

El siguiente protagonista de Trinxant, calle abajo, es un panda que es usado como casa habitación. Una de mis primeras mañanas en este barrio la vi, y me asombró la intensidad del color de su cabello. A pesar de la evidente suciedad, el rubio brillaba intensamente; no es demasiado claro, aunque es muy largo y rizado. Aquella vez, ella estaba de pie recargada en el auto, con un suéter blanco (ya sabeis, jersey) mirando la nubecilla de vaho producida por su respiración.

Quizás su aspecto haya sido el mismo durante los últimos meses, pero tengo la impresión de que ella ha subido mucho de peso. Recuerdo de la primera vez la expresión ausente de sus ojos azules, pero no encaja en el cuadro de mi memoria las mejillas desmesuradamente hinchadas que ahora luce.

Ella comparte el auto guinda con otros dos chicos. A ellos los identifico menos, excepto porque a veces, por las ventanillas se distingue una calva muy pronunciada. Lo que sí es inconfundible es el olor a orines que rodea al coche, sólo a veces atenuado por el aroma del solvente que inhalan. Creo que antes pasaban menos tiempo a bordo, tal vez el frío los ha obligado a refugiarse allí. Pero con mayor frecuencia afuera del auto la veo a ella; el mismo suéter sucio, con la mano sostiene junto a su boca un calcetín negro. Sus cabellos rubios caen desordenados y sus ojos azules miran con insistencia y tratan de descifrar algo que nunca alcanzará a comprender.

Por cierto, todavía no he visto a algún inhalante que no use un calcetín negro.

Poco más abajo hay una botiga. A diferencia del local del paqui, ésta es esencialmente triste. Al parecer, por los estantes de madera pintados de blanco, largos y ajados y por los cristales sucios, el establecimiento es antiguo. El dueño y su esposa atienden personalmente, tienen un surtido de vinos considerable, aunque indefenso ante el depósito del extremo bajo de Trinxant; y saludan en catalán y con una sonrisa a todos los visitantes. Hay algo en ellos que no es del todo catalán, a pesar de su diligencia al atender y al disponer las cajas de verduras en la acera. ¿Será un español avecindado en Cataluña? ¿Un charnego?

Algo en ellos habla de sus esfuerzos por adaptarse a Barcelona en otros tiempos, del rencor hacia los clientes que rápidamente han optado por práctico supermercado Caprabo o por las alegres verduras del paqui. En una caja se lee "ansiam", tal como pronuncian los barceloneses la palabra catalana para lechuga, enciam.

De este local a la Meridiana hay menos de cuarenta metros. El único negocio en este tramo es una peluquería, cuyo peluquero anda cerca de los treinta. Él es muy bajo de estatura, con un tronco formado en gimnasio, a pesar de una barriguita incipiente pero notoria. Suele vestir unos pantalones rojos, y a veces lo vienen a visitar en un Fiat del mismo color. En esas ocasiones sale disparado de su local, con las palmas de las manos manteniendo planos horizontales imaginarios e impolutos; ahí, en plena calle, conversa a gritos, con risas estridentes y exageradas. Sus ojos son redondos y grandes, en esos momentos parecen soltar luces de colores.

No recuerdo haberlo visto lleno su local, tal vez haya demasiadas peluquerías en el barrio. Generalmente cuando paso por esa acera él está solo y mira una televisión pequeña, mientras su rostro emite un aburrimiento digno de una piedra.

Si no fuera por los edificios al fondo y por las inevitables grúas de construcción, uno pensaría que las fincas frente a la peluquería pertenecen a un entorno rural. Pequeñas, de dos pisos. Algunas todavía con portones de madera de dos hojas, todas con herrería barata y balcones. Resulta sorprendente que a cierta hora de la tarde salen casi al mismo tiempo docenas de sus habitantes, cada uno con una conversación en un teléfono móvil. Más inesperado es pasar, rumbo a la Meridiana, casi a punto de regresar a la "Barcelona estándar" y sentirse inundado por susvoces que a todo volumen parlotean en chino.

miércoles, marzo 02, 2005

El nuevo compañero de trabajo

Me conmovió:
-Hi ha aquí lavabos?
-Sí, allá arriba, tot d'amunt.
-¿Y puedo usarlos?

martes, marzo 01, 2005

Frida

Frida tiene un par de ojos transparentes. Cuando se acerca detrás de mí, sus pestañas me rozan la oreja; deposita su mirada sobre lo que estoy haciendo y lo hace inmenso.

lunes, febrero 28, 2005

El silencio y la nieve

Uno de los consejos más comunes, de incuestionable sabiduría, es encontrar las ventajas que puede aportar cualquier infortunio. Un transvase como el nuestro permite frecuentes oportunidades para seguirlo.

Uno de los bienes más escasos en Barcelona es el silencio. Tal vez lo sea en todo el mundo. Aquí el exceso de automóviles ha hecho florecer la industria de la motocicleta; antes de las cinco de la mañana ya llegan los ecos de las vespas que hormiguean por las callejas estrechas del Clot.
Tal vez por esta razón me emocionó mucho el asado que ayer celebramos con algunos compañeros de trabajo. Muy pocas reuniones pueden ser tan gratas como la de ayer. Contra algunos pronósticos el clima fue maravilloso; fresco pero con un cielo azul y un sol radiante. Además, la plática apenas y tocó los temas laborables; las diferencias regionales y nacionales -habíamos mexicanos, uruguayos, catalanes, castellanos y argentinos presentes- sirvieron de combustible para el cotilleo y las burlas, y nadie se tomó en serio su propia identidad local.
Castelldefels es una pequeña y rica ciudad que alberga a buena parte de los pisos de descanso de los barceloneses. Creía que haríamos el asado en la terraza de un ático, o incluso en el jardín de una casita. Pero en vez de dirigirnos hacia el mar, el auto de quien nos recogió en la terminal del tren se dirigió a la montaña. Nos reunimos en un bosquecillo a las afueras de Castelldefels, un parque con mesas y parrillas, además de juegos infantiles -por supuesto, un estacionamiento- y un bar. El encuentro tenía el atractivo de un asado a cargo de los compañeros argentinos y uruguayos, lo que representa buenas y abundantes carnes. Gastronómicamente fue un éxito.
Mi pequeña frustración personal provino de mi añoranza del silencio. Cuando llegamos vi las coníferas y el cielo azul; pensé en recostarme con el rostro al cielo, en el contraste entre el frío y la sensación ardiente del sol sobre mis mejillas, sin más ruido que el viento. Creí que ese espacio era indivorciable del ideal de paz y tranquilidad natural. Pero lo primero que hizo nuestra conductora tras aparcar, fue poner abrir las portezuelas de su auto un CD, de los piratas que venden los paquistaníes, a todo volumen para animar nuestra reunión, en la que conversábamos de pie junto a la parrilla, bebiendo cerveza y comiendo calçots.
Más tarde supe que no fui el único que no aceptó de grado la irrupción del estéreo. Junto a nosotros, más tarde, noté a un grupo particularmente ataviados, a medio camino entre junkies y alumnos del CUT de Ciudad Universitaria. En cuanto terminó nuestro CD paqui, ellos hicieron aparecer timbales, sonajas y panderos, eran toda una orquesta de percusión.
Luego apareció otro grupo, éste de mujeres de mayor edad. Hicieron buena química, ellas conocían todo el repertorio de Pili y Mili, amén de los grandes éxitos de la radio de tiempos de Franco. No fue difícil que los chicos dieran el ritmo adecuado, y ellas a veces resultaban verdaderamente afinadas y armoniosas.
No hubo silencio. Más de una vez pensé en las tardes de Oaxtepec, con la grabadora que a todo volumen anima a una familia multinuclear de la colonia San Simón, o como aquella de beliceños rastas que llevaban consigo su propia discoteca de merengue a las sobrias ruinas de Dzibanché. Sin embargo, fue un gran domingo.

Otro atentado contra el silencio son los materiales de construcción de Barcelona. Las paredes son una versión pintable del cartón; es difícil no escuchar lo que los vecinos hacen y dicen. Como ya dije, es deseable encontrar las ventajas menores de las desventuras mayores. Desgraciadamente algo de lo más ruidoso aquí es la cama de nuestros vecinos de arriba, conocemos la hora en que se acuestan a dormir o cuando se levantan al baño, "al aseo" dicen aquí. Los muelles de su cama rechinan generosasmente, y, desgraciadamente, una vez cada dos meses nos dan una orquesta regular de chirridos, a veces muy temprano, antes de las 6:30, cuando se levantan, y otras la noche de algún fin de semana. Por fortuna sus sesiones sexuales no son muy frecuentes, y todavía nos causa morbo escucharlos.
Hoy nos despertó en la madrugada el ruido que hace el agua corriendo por las paredes del edificio. "Raro que haya llovido durante la noche", pensé. Luego el crujido de la cama de los vecinos nos anunció que se acercaba el alba. Luego sonó la voz de ella, con una emoción que no le había conocido: "¡Está nevando! ¡Está nevando!". Hace años que no nevaba en Barcelona, y nosotros nunca antes habíamos visto nevar.

martes, febrero 08, 2005

dentista

Hoy iré al dentista.
Tarea que siempre
me deja la boca abierta.

lunes, enero 24, 2005

Terminada la tarea

Hemos terminado el trabajo de la materia de Novas Tecnologies. Nuestro trabajo, de mis compañeras de equipo y mío, junto con las cicatrices que nos ha dejado lo pueden mirar en:

http://grupotresd.blogspot.com/




martes, enero 18, 2005

Los caduceos

En la mañana me encontré a Carlos (serían las tres de la mañana en México), y ahora en la noche recibí un correo de Eugenia. Platicaría con Sara, que está en línea, pero dice que está en un desmadre (lo dijo como excusa, no como invitación).

Por ahora todavía no le veo la luz al ensayo que quiero presentar el 18 de marzo, aunque Bachelard me ha dado algunas ideas.

La gente que se suponía serían mis "contactos", nomás no dan razón. Definitivamente, debo moverme más en el ámbito del subempleo, por lo menos para resolver la cuestión económica de este año.

Gracias a los caduceos por acompañarme este día.

lunes, enero 17, 2005

Conferencia de madrugada

Hoy conversé con mis amigos Carlos y Sara, que tuvieron la gentileza de desvelarse. Supe de la existencia de la perla en la red de perlas y me sentí sorprendido, no supe, por un momento, si debía responder con preocupación o con humor.
El mundo ya da suficientes preocupaciones.